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Cuentos con moraleja: "Amar en vida"

amarenvida

Dos amigos se encontraban tomando un café y uno le comenta en tono de queja al otro:

-          Mi mamá me llama mucho por teléfono para pedirme que vaya a conversar con ella. Yo voy poco y en ocasiones siento que me molesta su forma de ser. Ya sabes cómo son los viejos: Cuentan las mismas cosas una y otra vez. Además, nunca me faltan compromisos: que el trabajo, que los amigos...

-          Yo en cambio - le dijo su compañero, converso mucho con mi mamá. Cada vez que estoy triste, voy con ella; cuando me siento solo, cuando tengo un problema y necesito fortaleza, acudo a ella y me siento mejor.

-          Caramba, se apenó el otro. Eres mejor que yo.

-          No lo creas, soy igual que tú, respondió el amigo con tristeza. Visito a mi mamá en el cementerio. Murió hace tiempo, pero mientras estuvo conmigo, tampoco yo iba a conversar con ella y pensaba lo mismo que tú. No sabes cuánta falta me hace su presencia, cuánto la echo de menos y cuánto la busco ahora que ha partido.

-          Si de algo te sirve mi experiencia, conversa con tu mamá hoy que todavía la tienes, valora su presencia resaltando sus virtudes que seguro las tiene y trata de hacer a un lado sus errores, que de una forma u otra ya forman parte de su ser. No esperes a que esté en un cementerio porque ahí la reflexión duele hasta el fondo del alma, porque entiendes que ya nunca podrás hacer lo que dejaste pendiente, será un hueco que nunca podrás llenar. No permitas que te pase lo que me pasó a mí.

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Solemnidad de Todos los Santos (1 noviembre)

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"El Día de Todos Los Santos es una solemnidad cristiana instituida en honor de Todos los Santos, conocidos y desconocidos, según el papa Urbano IV, para compensar cualquier falta a las fiestas de los santos durante el año por parte de los fieles. En los países de tradición católica, se celebra el 1 de noviembre

Historia

La Iglesia Primitiva acostumbraba celebrar el aniversario de la muerte de un mártir en el lugar del martirio. Frecuentemente los grupos de mártires morían el mismo día, lo cual condujo naturalmente a una celebración común.

En la persecución de Diocleciano el número de mártires llego a ser tan grande que no se podía separar un día para asignársela. Pero la Iglesia, sintiendo que cada mártir debería ser venerado, señaló un día común para todos. La primera muestra de ello se remonta a Antioquia en el Domingo antes de Pentecostés.

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Del "Todos los Santos" al diabólico Halloween

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Nos acercamos a unas fiestas litúrgicas de primer orden: la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Es una celebración dedicada a la Iglesia Triunfante del Cielo (Todos los Santos) y a la Iglesia Purgante del Purgatorio (Fieles Difuntos), y a nuestra relación con ellas, como Iglesia Peregrina y Militante en la Tierra.

Por un lado, recordamos, damos gracias a Dios y pedimos la intercesión de nuestros hermanos que se han salvado. Ellos nos enseñan nuestra meta final, nos animan en nuestro caminar hacia el Cielo, interceden por nosotros y nos recuerdan constantemente el sentido de nuestra vida en este mundo: hemos sido creados por Dios que es Amor para ser santos, para amarle y ser amados por Él, y de ese modo, ser felices con Él eternamente, acompañados de todos nuestros hermanos bienaventurados. En este mundo no tenemos nuestra morada definitiva, sino que somos peregrinos en busca de nuestra Patria definitiva, la Jerusalén Celestial, de la que nos habla la Revelación (Heb 11: 14—16). ``Santos’’ son todos los moradores del Cielo. Ser santos, es también nuestra vocación: vivir santamente en la tierra (los primeros cristianos se denominaban entre ellos, ``los santos’’ ---Hech 9:13.32.41; 26:10; Ro 1:7; 1 Cor 1:2; etc.---), y alcanzar la santidad definitiva en los Cielos. Algunos santos del Cielo son conocidos, pues la Santa Iglesia los ha canonizado, los ha incluido en la ``lista’’ de los salvados. Otros muchos, son anónimos, pero están gozando del estado de bienaventuranza eterna. Son multitudes ingentes (Ap 7:9). De toda clase y condición, de todas las edades, de todas las naciones. Esta fiesta preciosa de la Solemnidad de Todos los Santos, alimenta nuestra fe y nos llena de esperanzas y de verdaderos desafíos para vivir una vida cristiana más perfecta.

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Cuentos con moraleja: "Rézame un Padrenuestro, ¡por favor!"

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Nuestra historia se desarrolla en París durante el verano del año 1827. Jacqueline, una joven huérfana de alrededor de veinte años, acababa de salir del hospital para pobres, después de haber sufrido una grave neumonía. Dejaba el hospital con vida, pero sin muchas esperanzas. Estaba sola en el mundo: ni padres, ni hermanos, ni parientes, ni trabajo. Todo lo que tenía lo llevaba en el bolsillo de su falda: una moneda de un franco. Pero demos un paso atrás en el tiempo para conocer mejor la situación de esta muchacha.

La joven Jacqueline, nacida en una aldea de Bretaña, había sido educada por sus padres en el santo temor de Dios. Tenía desde la infancia la piadosa costumbre de mandar celebrar todos los meses una Misa en sufragio por las almas del Purgatorio.

Siendo todavía una niña fallecieron sus padres, por lo que su modesta condición le obligó a buscar empleo de criada en casa de una familia acaudalada. A los dieciocho años abandonó su aldea natal, pues sus patrones se mudaron a la capital francesa. Allí, se mantuvo fiel a ese acto de caridad y asistía al Santo Sacrificio, durante el cual unía sus oraciones a las del sacerdote para pedir especialmente por el alma cuya liberación dependiera de una última plegaria.

Conocida un poco la niñez y adolescencia de nuestra joven, volvamos al momento en el que Jacqueline sale del hospital…

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Cuentos con moraleja: "El poder del Padrenuestro"

San Francisco de Asís

Estaba Jesús haciendo oración en cierto lugar. Y cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos:

-         Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

Y Jesús le respondió:

-         “Así, pues, habéis de orar vosotros: Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así en la tierra. El pan nuestro de cada día dánosle hoy, y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos pongas en tentación, mas líbranos del mal”.

De todas las oraciones que hace el cristiano, la más importante es el Padrenuestro, por la sencilla razón de que fue compuesta, enseñada y aconsejada por el mismo Jesucristo.

Es una oración sencilla y directa dirigida a Dios Padre para darle gloria, pedirle que venga su Reino, cuide de nosotros todos los días con su providencia y perdone nuestros pecados. Es un a modo de resumen de cuál habría de ser la vida de cualquier cristiano.

Debido a la sencillez de la oración y a ser una de las que con más frecuencia rezamos, tenemos el peligro de hacerlo de modo rutinario sin saborear la riqueza y profundidad de su contenido. Por otro lado, siendo el mismo Cristo quien nos aconsejó que así rezáramos, unió a su rezo miles de gracias que podemos conseguir.

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Rezando por nuestros difuntos: El Purgatorio

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El Purgatorio es la obra maestra de la justicia y de la misericordia de Dios. San Juan en el Apocalipsis nos dice que nada manchado puede entrar en la Jerusalén celeste, esto es, en el Paraíso (Apocalipsis 21, 27)

Pocas son, sin embargo, las almas privilegiadas que llegan al momento supremo de la muerte con la inocencia bautismal. El Espíritu Santo nos dice que aun el justo peca siete veces, o sea, muchas (Proverbios 24, 16). Todos faltamos y nos manchamos con muchas culpas, si no mortales, por lo menos veniales. Es cierto que con el arrepentimiento y con los Sacramentos podemos obtener el perdón de la misericordia divina, pero queda siempre la pena temporal que pagar. Para ello no es suficiente la pequeña penitencia que nos impone el confesor y las pocas penitencias y mortificaciones que nosotros mismos hacemos voluntariamente. Además, ¿quién nos asegura que en el momento de la muerte podremos lavar todas las culpas, aun las veniales, con una buena confesión? Desgraciadamente, aun cuando –como esperamos– nos presentemos delante del tribunal de Dios sin culpas graves, tendremos todavía muchas deudas que pagar y muchas imperfecciones que purificar.

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